domingo, 12 de agosto de 2012

Frío y cálido.

Pisé delicadamente la hierba oscura con los pies descalzos. Llovía tanto que no podía escuchar nada más que las gotas cayendo desde el cielo gris, casi negro, hasta mis pies mojados. Tenía la ropa empapada pero no me importó, miré aquel sitio cómo si fuera lo más bonito que había visto en mucho tiempo, a pesar de ser tan oscuro y frío.
Vi que a unos metros más allá había un lago inmenso, por un momento pensé que estaba viendo el mar por primera vez. Pero no, era un lago. Un lago azul, casi negro, que brillaba tanto como unos ojos azules en la oscuridad de la noche.
Me gustaría tener los ojos azules, pensaba mientras miraba el lago anonadada. Me acerqué con cuidado y metí mis pies en él, estaba helado, tanto que me dieron escalofríos. Por un momento pensé que: estando bajo la lluvia, descalza, con la ropa empapada y... ¿Metida en un lago? Definitivamente iba a ponerme enferma.
Pero eso no me importó, quería hacerlo y lo hice.
Seguí avanzando hasta que el agua me cubría la cintura, la acaricié con mis manos, mis manos manchadas de hierba mojada, empapadas de lluvia fría. Pero no sentía el frío.
Sonreí de una forma casi tierna, con una ligera dulzura, como si estuviera acariciando un animal dócil y no el agua. No acariciaba el agua, estaba acariciando el alma de aquel lugar.
Oí cómo la lluvia cesaba, lentamente, cómo si no quisiera asustarme... Y sentí cómo las últimas gotas resbalaban por mis mejillas hasta mis pálidos labios. Miré al cielo y vi cómo las nubes grises desaparecían y el sol volvía a salir, más fuerte y cálido que nunca.
Volví a sonreír y salí de aquel lago, pisando con cuidado en cada paso que daba para no resbalarme, aunque en realidad no pensaba en eso.
Me giré lentamente y vi que el agua era de un verde azulado. Miré a mi alrededor y observé largo rato cómo las hojas de los árboles se movían delicadamente con el viento, un viento cálido que agitaba mi pelo de vez en cuando.
Algo frío, oscuro, triste... Se había convertido en algo cálido, brillante y alegre.
No supe, no sé y no sabré nunca como llegué allí, pero sé que era precioso y no podías dejar de contemplar aquel paisaje.
Y si en algún momento me pareció extraño...
No me importó.

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