¿Alguna vez has sentido que todo es una mentira?
Nuestros amigos, nuestra familia, incluso la persona que amamos. Nuestra vida.
Tantas veces son las que nos fallan, las que nos demuestran lo que realmente son, que ya no podemos confiar en nadie. Ni siquiera en nosotros mismos.
Un amigo que creías que era como un hermano te traiciona, la persona que más amas te traiciona e incluso tu familia puede traicionarte de una forma u otra. Sí, el destino hace que conozcamos personas maravillosas, pero pocas lo son realmente.
Tu vista se nubla al igual que tu mente.
No piensas con claridad cuando ves que ya no te queda nadie, que solamente te tienes a ti mismo, la soledad es lo único que te queda. Un día gris que se vuelve negro pero nunca blanco. Te preguntas si alguna vez podrás ser tú mismo con alguien, pero no, ya no serás el mismo después de tantos engaños, ¿no crees? Al menos, yo no.
Una traición lleva a una lágrima y esa lágrima al sufrimiento. Una mentira.
Una hermosa mentira.
Blog donde, básicamente, escribo lo primero que se me pasa por la cabeza. Desde una larga historia hasta un corto relato o un simple pensamiento.
viernes, 31 de agosto de 2012
martes, 14 de agosto de 2012
Completamente sola.
Aprieto los labios con fuerza, reprimiendo mi llanto a la vez que formo dos puños con mis manos. Impotente miro cómo todo se acaba, se derrumba, se hunde con mis recuerdos y con todos los momentos felices de mi corta vida. Estoy sola.
¿Qué puedo hacer?
Ya he hecho todo lo posible.
Me pregunto y me contesto una y otra vez, estoy desesperada y dolida, como si mi alma o mi corazón se hubieran roto, como si me hubieran dado tal paliza que no pudiera moverme.
Sufro, sufro y sufro sin encontrar algo o alguien que me saque de este sufrimiento. ¿Acaso no he sido lo suficientemente fuerte ya? ¿Qué más me queda?
Rompo a llorar de repente, sin poder evitarlo. Al fin y al cabo, aún soy una niña ¿no?
Después de esto no me quedarán más disculpas ni más lágrimas que derramar, estoy agotada, tan agotada que me siento lentamente en el suelo, apoyando mi espalda en la pared para deslizarme hasta él. Rodeo mis rodillas con los dos brazos temblorosos y pálidos. Cierro los ojos y noto cómo las lágrimas salen con más fuerza y rapidez, empapando mis mejillas.
Una vez más.
¿Qué puedo hacer?
Ya he hecho todo lo posible.
Me pregunto y me contesto una y otra vez, estoy desesperada y dolida, como si mi alma o mi corazón se hubieran roto, como si me hubieran dado tal paliza que no pudiera moverme.
Sufro, sufro y sufro sin encontrar algo o alguien que me saque de este sufrimiento. ¿Acaso no he sido lo suficientemente fuerte ya? ¿Qué más me queda?
Rompo a llorar de repente, sin poder evitarlo. Al fin y al cabo, aún soy una niña ¿no?
Después de esto no me quedarán más disculpas ni más lágrimas que derramar, estoy agotada, tan agotada que me siento lentamente en el suelo, apoyando mi espalda en la pared para deslizarme hasta él. Rodeo mis rodillas con los dos brazos temblorosos y pálidos. Cierro los ojos y noto cómo las lágrimas salen con más fuerza y rapidez, empapando mis mejillas.
Una vez más.
domingo, 12 de agosto de 2012
Frío y cálido.
Pisé delicadamente la hierba oscura con los pies descalzos. Llovía tanto que no podía escuchar nada más que las gotas cayendo desde el cielo gris, casi negro, hasta mis pies mojados. Tenía la ropa empapada pero no me importó, miré aquel sitio cómo si fuera lo más bonito que había visto en mucho tiempo, a pesar de ser tan oscuro y frío.
Vi que a unos metros más allá había un lago inmenso, por un momento pensé que estaba viendo el mar por primera vez. Pero no, era un lago. Un lago azul, casi negro, que brillaba tanto como unos ojos azules en la oscuridad de la noche.
Me gustaría tener los ojos azules, pensaba mientras miraba el lago anonadada. Me acerqué con cuidado y metí mis pies en él, estaba helado, tanto que me dieron escalofríos. Por un momento pensé que: estando bajo la lluvia, descalza, con la ropa empapada y... ¿Metida en un lago? Definitivamente iba a ponerme enferma.
Pero eso no me importó, quería hacerlo y lo hice.
Seguí avanzando hasta que el agua me cubría la cintura, la acaricié con mis manos, mis manos manchadas de hierba mojada, empapadas de lluvia fría. Pero no sentía el frío.
Sonreí de una forma casi tierna, con una ligera dulzura, como si estuviera acariciando un animal dócil y no el agua. No acariciaba el agua, estaba acariciando el alma de aquel lugar.
Oí cómo la lluvia cesaba, lentamente, cómo si no quisiera asustarme... Y sentí cómo las últimas gotas resbalaban por mis mejillas hasta mis pálidos labios. Miré al cielo y vi cómo las nubes grises desaparecían y el sol volvía a salir, más fuerte y cálido que nunca.
Volví a sonreír y salí de aquel lago, pisando con cuidado en cada paso que daba para no resbalarme, aunque en realidad no pensaba en eso.
Me giré lentamente y vi que el agua era de un verde azulado. Miré a mi alrededor y observé largo rato cómo las hojas de los árboles se movían delicadamente con el viento, un viento cálido que agitaba mi pelo de vez en cuando.
Algo frío, oscuro, triste... Se había convertido en algo cálido, brillante y alegre.
No supe, no sé y no sabré nunca como llegué allí, pero sé que era precioso y no podías dejar de contemplar aquel paisaje.
Y si en algún momento me pareció extraño...
No me importó.
Vi que a unos metros más allá había un lago inmenso, por un momento pensé que estaba viendo el mar por primera vez. Pero no, era un lago. Un lago azul, casi negro, que brillaba tanto como unos ojos azules en la oscuridad de la noche.
Me gustaría tener los ojos azules, pensaba mientras miraba el lago anonadada. Me acerqué con cuidado y metí mis pies en él, estaba helado, tanto que me dieron escalofríos. Por un momento pensé que: estando bajo la lluvia, descalza, con la ropa empapada y... ¿Metida en un lago? Definitivamente iba a ponerme enferma.
Pero eso no me importó, quería hacerlo y lo hice.
Seguí avanzando hasta que el agua me cubría la cintura, la acaricié con mis manos, mis manos manchadas de hierba mojada, empapadas de lluvia fría. Pero no sentía el frío.
Sonreí de una forma casi tierna, con una ligera dulzura, como si estuviera acariciando un animal dócil y no el agua. No acariciaba el agua, estaba acariciando el alma de aquel lugar.
Oí cómo la lluvia cesaba, lentamente, cómo si no quisiera asustarme... Y sentí cómo las últimas gotas resbalaban por mis mejillas hasta mis pálidos labios. Miré al cielo y vi cómo las nubes grises desaparecían y el sol volvía a salir, más fuerte y cálido que nunca.
Volví a sonreír y salí de aquel lago, pisando con cuidado en cada paso que daba para no resbalarme, aunque en realidad no pensaba en eso.
Me giré lentamente y vi que el agua era de un verde azulado. Miré a mi alrededor y observé largo rato cómo las hojas de los árboles se movían delicadamente con el viento, un viento cálido que agitaba mi pelo de vez en cuando.
Algo frío, oscuro, triste... Se había convertido en algo cálido, brillante y alegre.
No supe, no sé y no sabré nunca como llegué allí, pero sé que era precioso y no podías dejar de contemplar aquel paisaje.
Y si en algún momento me pareció extraño...
No me importó.
Saber esperar.
Las lágrimas brotaban de mis ojos y corrían por mis mejillas una vez más. Como otro día cualquiera. Decía que esperara. Que no todo sería dolor.
Estaba agotada, cansada de todo lo que había soportado y lo que me quedaba por soportar, solamente pensarlo me causaba más sufrimiento.
Pero entonces llegó él. Alguien a quien querer abrazar y no poder. Alguien que dibuja una sonrisa sincera en tu cara con sólo escuchar su voz. Alguien al que contarle lo malo y lo no tan malo. Alguien que no te juzgaría. Sencillamente, él.
Mi vida.
Estaba agotada, cansada de todo lo que había soportado y lo que me quedaba por soportar, solamente pensarlo me causaba más sufrimiento.
Pero entonces llegó él. Alguien a quien querer abrazar y no poder. Alguien que dibuja una sonrisa sincera en tu cara con sólo escuchar su voz. Alguien al que contarle lo malo y lo no tan malo. Alguien que no te juzgaría. Sencillamente, él.
Mi vida.
martes, 7 de agosto de 2012
Le amo.
Le amo, le amo y no puedes cambiar eso, ni siquiera puedes intentarlo.
Cuando los pájaros dejen de cantar, cuando los ríos y los mares se sequen y de ellos broten tantas plantas como personas hay en este mundo, cuando el cielo sea rojo, del color de la sangre y el sol no exista, cuando sepas lo que es sufrir de verdad, entonces... Sólo entonces comprenderás cuánto le amo.
Cuando los pájaros dejen de cantar, cuando los ríos y los mares se sequen y de ellos broten tantas plantas como personas hay en este mundo, cuando el cielo sea rojo, del color de la sangre y el sol no exista, cuando sepas lo que es sufrir de verdad, entonces... Sólo entonces comprenderás cuánto le amo.
Perfecta.
Ella, dicen por ahí que es preciosa.
Su pelo tan negro y espeso como sus pestañas acaba justo en su cintura y suele llevarlo suelto, sin ningún tipo de recogido. Dicen que ver cómo el viento lo agita delicadamente mientras ella no deja de sonreír es algo sin importancia, pero precioso a su vez.
Sus ojos son marrones, del color del café o el chocolate, grandes y simples pero con una expresividad increíble. Sus labios ni gruesos ni finos, ni rojos ni pálidos, son sencillamente perfectos. Al igual que su voz: dulce y sensual a la vez.
Su cuerpo, ni gruesa ni delgada, perfecta. Sus curvas, tan bonitas y marcadas como siempre en esos ceñidos vestidos que suele usar. Sus pechos, ni grandes ni pequeños, tienen el tamaño perfecto al igual que todo lo demás. Sus piernas tan largas y suaves... Suaves al igual que su piel: blanca. Algo menos blanca que la leche quizá. Es preciosa.
Dicen que tocarla te produce escalofríos de placer, te ruboriza y te estremece. Que no es una chica cualquiera, que no es como otra que hayas conocido jamás. Dicen que todo esto no puedes verlo a simple vista. Dicen que sus ojos son alegres, pero en ellos refleja los misterios y secretos que guarda su alma. Dicen que debes conocerla antes.
Porque es perfecta, a los ojos de cualquier corazón que sepa amarla.
Su pelo tan negro y espeso como sus pestañas acaba justo en su cintura y suele llevarlo suelto, sin ningún tipo de recogido. Dicen que ver cómo el viento lo agita delicadamente mientras ella no deja de sonreír es algo sin importancia, pero precioso a su vez.
Sus ojos son marrones, del color del café o el chocolate, grandes y simples pero con una expresividad increíble. Sus labios ni gruesos ni finos, ni rojos ni pálidos, son sencillamente perfectos. Al igual que su voz: dulce y sensual a la vez.
Su cuerpo, ni gruesa ni delgada, perfecta. Sus curvas, tan bonitas y marcadas como siempre en esos ceñidos vestidos que suele usar. Sus pechos, ni grandes ni pequeños, tienen el tamaño perfecto al igual que todo lo demás. Sus piernas tan largas y suaves... Suaves al igual que su piel: blanca. Algo menos blanca que la leche quizá. Es preciosa.
Dicen que tocarla te produce escalofríos de placer, te ruboriza y te estremece. Que no es una chica cualquiera, que no es como otra que hayas conocido jamás. Dicen que todo esto no puedes verlo a simple vista. Dicen que sus ojos son alegres, pero en ellos refleja los misterios y secretos que guarda su alma. Dicen que debes conocerla antes.
Porque es perfecta, a los ojos de cualquier corazón que sepa amarla.
Él.
Su piel, tan cálida como el pan recién hecho o el fuego que acaba de prenderse y a la vez tan pálida, blanca como la nieve. Solamente tocarla me producía escalofríos, escalofríos de placer, de lujuria y amor al mismo tiempo. Acariciarla y arañarla cada vez que me hacía suya era un placer imposible de describir, imposible.
Por eso sé que le amo, por cómo me hace sentir cuando me toca o simplemente me habla, por eso sé que seré suya, suya para siempre.
Por eso sé que le amo, por cómo me hace sentir cuando me toca o simplemente me habla, por eso sé que seré suya, suya para siempre.
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